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Los ideales pueden inspirar. Por supuesto, vale lo que inspira a una situación que resulta socialmente deseable. Considere el acto de salvar a otro ante un peligro inminente. De un conjunto de actos similarmente heroicos, la imaginación puede formar un ideal de heroísmo que inspira.
Los ideales religiosos de un más allá, de un artesano divino absolutamente perfecto, pueden inspirar. Pero ¿tienen fundamento? Y más significativamente, ¿inspiran a situaciones que resultan socialmente deseables?
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Investigándola, la realidad se revela más asombrosa que la ficción. La ficción debe relacionarse con las experiencias pasadas para tener sentido. En cambio, la realidad existe independientemente del sujeto y su sentido común. Justamente los nuevos descubrimientos pueden sorprender, porque la realidad no se ajusta al sentido común.
Es más, los nuevos descubrimientos pueden resultar de gran utilidad práctica.

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Además, lo real satisface más que lo ilusorio. Ante el hambre, la comida satisface; la ilusión de comida, por el contrario, provoca más hambre.
Por otra parte, los resultados de los ideales pueden cotejarse. Por ejemplo, la situación concreta resultante de la generalización del ideal de un más allá perfecto puede cotejarse contra la situación concreta resultante de la generalización del ideal de la capacidad solucionadora colectiva. Considere los hechos de la mejora continua de alimentos y viviendas, la erradicación de enfermedades infecciosas en el siglo 20, etc....
Discutiblemente, vale más un ideal con fundamentos que realmente lo demuestran socialmente deseable, que un ideal fantasioso y desvinculado de los hechos.
borrador al 8 jun. 2011.Para revisión crítica. Carmen Chase
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