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La armonía esperada por la subordinación de cada uno a la autoridad incuestionable de Dios proporciona una razón para comprometerse con ello. Comprensiblemente, esta esperanza bien puede ser motivada por un ideal deseado de orden, o un ideal de paz y armonía. Pero en la práctica, la subordinación de la mayoría conlleva un alto precio.
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La subordinación facilita la acumulación y concentración de poder. En la medida que cada uno se subordina, entrega su poder legítimo de control. Cuando la mayoría renuncia a su poder legítimo de controlar, se subordina a una minoría. Así, se concentra el poder entregado en cada vez menos manos.
La idealización de la subordinación irreflexiva propicia un aire conformista, que desalienta a cada uno a exigir rendir cuentas. Al generalizarse, termina en una falta de control que abre la puerta al abuso de poder. La subordinación a las autoridades, puede ser utilizada por éstas como medio para lograr sus propios intereses. El poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe absolutamente.(1) |
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Peor aún, el conformismo desalienta el reclamo legítimo de los damnificados, canalizando su indignación más bien hacia una esperanza pasiva idealizada. Así, la subordinación de cada uno más bien termina favoreciendo la desigualdad.
borrador al 8 jun. 2011.Para revisión crítica. Carmen Chase
referencias
1. Sir John Dalberg-Acton, alias Lord Acton, historiador británico. Vease “The New Dictionary of Cultural Literacy”, (Houghton Mifflin Harcourt, 2002), página 325.
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